Espléndida Bienvenida en TEOTITLAN DEL VALLE,

Oaxaca, México

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A  los habitantes de Teotlitlan del Valle, Oaxaca, México, se les reconoce por ser anfitriones excepcionales, por lo que las almas que los visitan el día de Muertos reciben un trato verdaderamente generoso. La preparación para darles la bienvenida dura días; pero a partir del 31 de octubre, la gente del pueblo ya se afana en atender a los espíritus. Los primeros que regresan son los angelitos, que son las almas de los niños muertos. Ellos llegan en las primeras horas del día primero de noviembre, día de Todos los Santos, porque ángeles y santos tienen mucho en común, entre otras cosas, que habitan en el mismo lugar celestial. Los espíritus de los niños se retiran justo cuando los adultos que residen en el más allá comienzan a llegar, a las tres de la tarde del mismo día. Oficialmente, los muertos se retiran a las tres de la tarde del dos, pero si esta fecha cae en domingo, día de descanso, reservado por la liturgia al Señor los espíritus simplemente esperan  regresan a sus morada el tercer día del mes. En Teotlitlan, un pueblo de hábiles tejedores, ubicado a 30 kilómetros de la capital del estado, las actividades artesanales se detienen durante estas fiestas, pues como advierte la tradición: “¡nadie debe trabajar mientras los espíritus estén de visita!”.

 

COMPAÑÍA CONSTANTE Y PALABRAS CARIÑOSAS

 

Es el mediodía de un primero de noviembre. Ya han pasado varios años desde que la tía Antonia Ruiz perdiera un hijo. Esta mujer, vigorosa y compacta, habla por experiencia propia: ha enterrado a cinco de sus once hijos. Pasamos junto al cuarto, recien renovado, en donde se encuentra la ofrenda, cruzamos el pasillo y llegamos al dormitorio de sus hojas. Al incipio me sorprende que nos alejemos de la sala; pero, al entrar en la fresca penumbra, se dibuja la forma de un pequeño altar. Ella me explica que ésta era la sala original, que formaba parte del hogar construido por los padres de su marido hace 40 años. Este lugar albergó el altar de la casa hasta que ella y su esposo, Félix, construyeron otra sala, en 1980. Nos cuenta que mantiene este pequeño porque fue aquí donde velaron a sus hijos cuando murieron. Este es el lugar que ellos conocen. Aquí es adonde regresan. –Aquí atendemos a los espíritus – explica Antonia, mientras su hija Reina baja del altar la ofrenda que se deja los espíritus de los niños: cacahuates y nueces, panecillos de huevo, tacitas de barro llenas de chocolate y pequeñas tabletas de cacao, las mismas que se usan para preparar esta bebida. – Mientras los angelitos están aquí, oímos ruidos, escuchamos cómo tintinea la cerámica – cuenta Reina –, el mismo ruido que se hace cuando uno bebe un trago de chocolate y luego pone de nuevo la taza en el plato. Esa misma tarde, en toro hogar de Teotlitlan del Valle, mi suegra, doña Clara Ruiz, atiende a cuatro visitantes en su sala, cuando llega otra pareja, en un día como éste, con tantos ires y venires, doña Clara ha dejado abierta la puerta de su casa. Su cuñada Leonaora y su esposo, Renaldo, entran discretamente, mientras los otros visitantes guardan un respetuoso silencio.

 Finalmente, los visitantes toman asiento en un extremo de la mesa, y la fluida conversación continua. La plática se centra en los difuntos. A veces la memoria arranca risas o lágrimas. Los espíritus desean tener compañía durante toda su visita de un día. Y aunque cada morada tiene espíritus propios que atender, en una comunidad de lazos tan estrechos, la mayoría de la gente pasa gran parte de la fiesta presentando sus respetos a los espíritus familiares de otros hogares.

Horas después Clara Mendoza pide a su hija adulta que vigile el altar y que atienda a quienes lleguen, mientras ella visita las casas de varios parientes. En la resistente canasta que llevaba el reverso trae una botella con mezcal, media docena de panes de huevo y varias tablillas de chocolate. Regresará a su casa más de una vez durante las obligadas rondas, para volver a llenar la canasta. Su primera parada es en casa de su fallecida suegra. La puerta está abierta, así que entra y se desliza silenciosamente dentro de la sala. Sin prestar atención a quienes ocupan la mesa, se dirige hacia el altar. Besa las orillas de este y se hinca a rezar.

 

Le pregunté a clara que es lo que rezaba en ese momento.-Que los espíritus de los fallecidos estén en paz- me contestó. Al levantarse, saluda a su cuñado Andrés Mendoza, quien, de acuerdo con la costumbre zapoteca, por ser el hijo menor, todavía vive en casa de su madre. Rosa, la esposa de Andrés, sale de la cocina y, junto con su marido, recibe la canasta de manos de doña clara, y se dirige automáticamente hacia el altar para distribuir la ofrenda. Todos han sido partícipes, e incontables ocasiones, de esta misma escena, porque hay en esta comunidad un profundo compromiso para llevar a buen fin las obligaciones de cada quien.

 

Tía Antonia y su esposo Félix Mendoza, a quienes habíamos visitado al iniciar el día, nos ofrece su versión de los quehaceres de los espíritus durante la fiesta:- A veces vienen a ver a sus amigos o a un compadre. Además, visitan otras casas, no solamente aquellas en las que vivieron y murieron, también va a las de sus hijos, a las de sus padrinos y a las de sus parientes favoritos. Así, mientras los vivos hacen sus rondas, ofreciendo sus respetos a los espíritus de las personas que amaron, los muertos también recorren el pueblo, pues tienen una invitación abierta para disfrutar los aromas que se elevan desde otros altares.

 

Incluso las parejas jóvenes que viven en casas nuevas, en las que nadie ha muerto todavía, preparan ofrendas, en parte para los espíritus desconocidos que regresa a su lugar, o por si acaso el alma de algún miembro de la familia o padrino quiere visitarlos. Si por alguna razón se vieran obligados a salir de sus casas en estas fiestas, una situación por demás indeseable, podrían remediar su afrenta dejando abierta la habitación donde se ha puesto el altar. Con este gesto invitan simbólicamente a los espíritus a visitarlos. Si hay algo peor que atender mal a los espíritus, es no atenderlos. Los teotitecos tienen mucho que contar acerca de este asunto. Antonia recuerda que cuando era apenas una muchachita, su familia se mudó a un solar en medio del pueblo.-Mucha gente había vivido y muerto en este pedazo de tierra mucho antes de que viniéramos, pero luego fue abandonada por años. Cuando llegó nuestro primer día de muertos, en la madrugada del dos de noviembre, mi madre escucho gemidos que venían del patio grande. A las cuatro de la mañana, Victoria González Martínez salió al patio en medio de la oscuridad para tranquilizar a esas almas tristes. Les habló y les aseguró que serían bienvenidas.- No lloren mas, las vamos a atender. Aunque no tenemos mucho que ofrecerles, por favor vengan- les dijo. Casi medio siglo ha transcurrido, y las almas desconocidas están satisfechas; ni un solo gemido misterioso se ha vuelto escuchar.

 

La ofrenda

 

Todos los elementos del altar familiar aseguran al espíritu que ha llegado a lugar que le corresponde. Por eso, cuando hay posibilidades de usar fotografías, éstas son elementos centrales en los arreglos. Un simple vaso de agua es, quizá, la frente indispensable en cualquiera de ellos. Así como el viaje del espíritu  al otro mundo ha sido arduo, su regreso a lograr también lo es: necesitan agua para apagar su sed.

 

Las velas tienen un importante papel simbólico. Alejandrina Ríos, la nuera de la tía Antonia, cree que éstas iluminan el camino de regreso de los espíritus: -Si no las colocas en la ofrenda, los muertos se verán obligados a encender sus deditos para ver mejor las rocas y las espinas que bordea el camino de regreso. ¿Será porque esto que se encienden algunas sobre la tumba, justo después del entierro, y otras más el día de Muertos, en los momentos el viaje hacia y desde el otro mundo? A las tres de la tarde del primero de noviembre, mientras suenan las campanas de la iglesia que anuncian la llegada de los espíritus, los vivos dan los toques finales a los altares. Estos días hay muchas cosas que hacer. Las tres hijas de Antonia están ocupadas en la cocina. Reina sirve chocolate caliente, batido hasta formar una espesa espuma, en una tasa que acomoda en medio de tres panes de muertos. Elia coloca, hábilmente, montones de tamales humeantes sobre un platón, mientras Altagracia pone cucharones del omnipresente mole negro sobre una pierna de guajolote. Todo esto se lleva a cabo con la dirección de Antonia, quien ha acomodado estratégicamente, minutos antes de la llegada de los muertos, el chocolate, los tamales y el mole sobre el altar.-No es que las cosas hayan sido siempre así-enfatiza Félix Mendoza, que preside la situación, con la mirada fija en la puerta, de espaldas a la pared y sentado cómodamente en la cabecera de la misa-que el mismo fabricó-y, de acuerdo con la costumbre, ocupando el lugar más cercano al altar.

 

Delgado, guapo, de bigote cuidado y pelo abundante, este hombre, de 76 años, ha vivido más cambios en los últimos 50 años que la mayoría de sus ancestros zapotecos, después de la llegada de los españoles. Félix recuerda:-antes yo podía trabajar de noche y día para terminar de tejer un sarape antes del día de Muertos. Me lo llevaba vender al mercado de Tlacolula, pero hubo ocasiones en que, después de estar todo el día bajo el rayo del sol, me regresaba a casa sin haberlo vendido. ¡Ahi si que nos desesperábamos! Si no lo colocaba, pues no teníamos nada que ofrecer a los difuntos:¡ni mole, ni guajolote, ni siquiera chocolate!. Ya lo único que me quedaba por hacer era venderlo a los mayoristas del pueblo, que en aquellos días me pagaban lo que ellos querían, a veces menos de la mitad de lo que valdría el tejido, porque sabía que yo no tenía otra opción. Arnulfo Mendoza Ruiz, mi esposo el hijo del difunto Emiliano, cuenta que a principios de la década de 1950, antes del primer día de muertos que celebraron sus padres con un matrimonio, Emiliano no pudo vender su único tapete para cubrir los gastos de la fiesta. Pero como era importante poner una ofrenda para los difuntos, subió al monte con su burro a recortar esa florecita tan aromática que sólo se encuentran en la sierra aledaña a Teotitlan. Con la bestia cargada, la pareja recorrió los pueblos vecinos cambiando la recién cortada mercancía por pan, maíz y frijoles, regalos aceptables en aquellos tiempos difíciles. Actualmente, el gran altar de clara Ruiz, con su desbordante abundancia, es una verdadera hazaña de equilibrio casi circense, en la que se coloca platos de tamales, naranjas y manzanas. Sobre la orilla ha sido levantada una especie de pared, de aproximadamente 80 centímetros de alto, construida con panes de muertos y que parece un muro hecho de piedra sin argamasa. Es tan alta, que casi no puede verse la colección de sanitos que cotidianamente preside el altar de la familia Mendoza.

 

Ocultas en sus nichos de madera, adornadas con flores de papel crepé, estas figuras son apenas visibles tras las montañas de pan dorado. Clara tiene más de 60 años, pero su edad no es obstáculo para que se deslice hábilmente desde el cuarto del altar, al patio y del patio a la cocina, concentrada en la atención a sus huéspedes. Llega como una aparición, cargando tazones de atole hirviente, chocolate y tamales en su punto. Después de la una de la tarde se dejan de servir tanto el atole como el chocolate, bebidas que se asocian con el desayuno, para ofrecer, en su lugar, mole de castilla, el quiso favorito de su difunto marido. El aroma es a los espíritus lo que el gusto es para los vivos, de ahí que el embriagante perfuma del copal y de las pequeñas flores silvestres sean elementos esenciales en cualquier altar de Teotitlán. Los intensos olores sacian a los muertos, mientras los vivos se complacen comiendo platos de rico mole con guajolote y tamales calientes de amarillo. Los habientotes del pueblo comenta a menudo, que, cuando pusieron el pan en la ofrenda, éste era mucho más pesado que cuando lo retiraron, o que al llevarse la comida de ahí descubrieron que ya no poseía ningún sabor. Don Marino Vásquez, uno  de los señores más respetados del pueblo, explica: -Esto sucede porque los difuntos se alimentan con el espíritu de la comida, y se llevan su esencia; por eso, no la consumimos después. – ¡No solo ofrecemos comida a los angelitos; les compramos regalos también! –agrega Antonia. Hay juguetes hechos especialmente para colocar en su ofrenda: borreguitos, guajolotes y ángeles de azúcar, decorados con betún de colores. Algunas famillas ponen en sus altares, además, objetos miniatura: metates y prensas para hacer tortillas para las hijas, y martillos y azadones para los hijos. –Cada año compramos tenaces, molcajetes y jarritos nuevos. Claro que los usamos después, pero ellos se llevan los regalos, simbólicamente.

Lo sabemos –explica– porque hay mujeres que han ido al río a lavar la ropa antes de que termine la fiesta,  ellas pueden atestiguar, a pesar del susto, que han visto a los muertitos irse del pueblo con sus burros , o llevando canastas bajo el brazo y costales al hombro cargados de ofrendas.

Dice don Mario que si a los espíritus les gusta el mezcalito, entonces hay quehacer un brindis, el juez, el escanciador  oficial del mexcal, primero uno y lo salpica, en forma de cruz, sobre la ofrenda hecha en la base del altar. Una vez servido el mexcalito a los muertos, reparte varias copas, según la jerarquía, entre los visitantes que están sentados alrededor de la mesa.

 

EL REGRESO

 

Muchos habitantes del pueblo insisten en acompañar a sus difuntos hasta las puertas del camposanto. Otros, como Félix Mendoza y Antonia Ruiz, nunca van al cementerio el dos de noviembre. Félix tiene una justificación: –Seria como correr a alguien de la casa. Algunos espiritual se van despacio y otros se emborrachan, así que la fiesta sigue hasta el tres de noviembre. El ruido ensordecedor de los cohetes que truenen desde el atrio de la iglesia y en las casas a las tres de la tarde es una señal para que los asistentes a la fiesta, vivos y muertos, sepan que ya es hora de que los difuntos comiencen los preparativos para el viaje de regreso. Una visita al cementero en la tarde del dos de noviembre ofrece un espectáculo inolvidable: pareciera que las tambas danzan bajo el aluvión de flores, entre los que destacan enormes manojos de cresta de gallo color escarlata, brillantes flores de cempasúchil punteadas por delicados alcatraces. Muchas familias acuden al cementerio cargadas con frutas, botellas de mexcal y cartones de cerveza. Este es el momento de limpiar las tumbas, algunas de ellas incultos con agua y jabón. Se encienden las velas, y se hacen largos brindis en honor de aquellos que se ama y que se vuelven a marchar. En estas fechas, los rayos luminosos de la tarde tibia hacen aún más intensos los colores de las flores. Mientras uno se acerca a la pequeña capilla del cementerio, los melancólicos cantos de los alabanceros, miembros de la muy respetada clerecía secular del Teotitlán, invitan a todos los presentes a disfrutar la dulce tristeza del momento. La banda toca trenos emotivos y lentas marchas, las mismas tristes tonadas que acompañan a las precesiones funerarias, a las que todos los habitantes del pueblo han asistido en innumerables ocasiones, escoltando a los padres, a los hijos, a los padrinos o a los compadres en su ultimo rito, el más importante, el viaje hacia el otro lado, que todos haremos algún día. Así como los domingos se dedican generalmente al Señor, los lunes del mes de noviembre corresponden a los muertos. Durante este mes, el padre Rómulo, encargado de las necesidades espirituales de la gente de Teotitlán y de los pueblos vecinos, celebra los responsos, cada semana en el cementerio de un pueblo diferente. En el lunes que corresponde a Teotitlán, incluso aquellos que se quedaron en sus casas  con las almas que aun languidecen, van de visita al cementerio y entregan al padre una pequeña dádiva para que rece plegarias individuales en las tumbas de sus familiares desaparecidos. La exuberancia de las flores frescas y las plegarias, llenas de emoción, cantadas por los alabanceros, elevarán entonces nuestros sentidos hasta un estado de conciencia más profundo, en el que pareciera que se vive, por un instante, suspendido en algún lugar entre la tierra y el cielo.

 

 

Mary  Jane Gagnier